Nos influimos unos a otros más de lo que creemos. Cada palabra que decimos, cada gesto que hacemos, cada mirada que cruzamos, tiene su peso. A veces es sutil, casi invisible en el momento, pero perdura. Una sonrisa, una palabra amable, un pequeño acto de paciencia pueden repercutir de una manera que quizá nunca veamos, y lo mismo ocurre con la frialdad, la amargura o las palabras descuidadas. También dejan huella.
Vivimos en un mundo que a menudo nos dice que somos impotentes ante vastos sistemas, líderes corruptos o acontecimientos abrumadores, pero la verdad es que tenemos el poder de moldear la atmósfera que nos rodea, de elevar o hundir, de curar o herir.
Es fácil subestimar esto, imaginar que sólo importan las «grandes» acciones, pero a menudo es sólo el tono de nuestra presencia lo que deja la impresión más profunda; la forma en que escuchamos, la forma en que animamos, la forma en que elegimos no atacar verbalmente cuando podríamos hacerlo.
Si hay una responsabilidad que nos pertenece a todos, es ésta: ser conscientes de la huella que dejamos tras de nosotros, aspirar, lo mejor que podamos, a dejar a la gente más ligera que pesada por haberse cruzado en nuestro camino. Si todos pudiéramos reconocer nuestro poder para hacer esto y viviéramos con ello en mente, el mundo sería un lugar muy diferente.





